BALANCE DEL 13-M


      3.- SOBRE EL CÍRCULO INTERMEDIO:

      Desde luego que la interpretación que he realizado de esta cuarta razón no es en absoluto un intento de excusa para minimizar nuestras responsabilidades. Ocurre todo lo contrario pues podemos intuir que en buena medida la razón de que esos algo más de 20.000 abertzales votaran al PNV-EA no es otra que la falsa racionalización del voto oportunista, es decir, de la excusa de que votando al PNV-EA en estas elecciones se va a defender mejor lo alcanzado en algunos movimientos populares, especialmente con respecto al euskara y a nuestra cultura e identidad nacional, aunque también tenemos que pensar en las gentes que sentían lógica inquietud por el futuro de GARA, por el futuro de las organizaciones y grupos existentes, etc.

      Antes de exponer las razones a mi entender fundamentales que explican esta pérdida de votos hay que empezar diciendo que es una pérdida importante y grave por tres razones: una, porque eran votos decisivos para nuestro proyecto inmediato pues nos iban a permitir presionar con más fuerza al PNV-EA a la hora de formar y mantener mayorías en el parlamento vascongado, la famosa "llave" que en nuestras manos iba a permitir abrir la puerta al proceso de construcción nacional en su fase definitiva, y eso se nos ha ido al garete; otras, porque su pérdida no sólo nos priva de una franja más amplia y plural que la constituida por los algo más de 140.000 en el tercio vascongado, sino que nos pone haciendo equilibrio en el filo psicológico de esos 140.000, con los enormes riesgos psicopolíticos que ello supone y, por último, es un filón para quienes niegan la efectividad de la interrelación de las diferentes formas de lucha pues ya no es la existencia reconocida y pública de un sector minoritario de EH como puede ser el colectivo Aralar, por ejemplo, sino una porción llamativa del electorado relativamente permanente de la izquierda abertzale.

      Teniendo en cuenta la gravedad del problema voy a exponer algunas de las causas del retroceso en estos algo más de 20.000 electores avisando que el orden de exposición es ahora secundario por lo precipitado de la argumentación ante la complejidad del problema. Por un lado, ha presionado en contra la angustia psicopolítica que supone ver al PP en el gobiernillo de Gasteiz, y téngase en cuenta que hablo de angustia y no de miedo, matiz importante que luego precisaré. Por otro lado, también ha presionado a la vez el corte y el retroceso del PNV-EA a cualquier relación con la izquierda abertzale a raíz de que ésta no se arrodilló ante sus exigencias chantajistas y tramposas para continuar en un Lizarra-Garazi desvirtuado y desinflado; y, por último, el impacto de la propaganda contra ETA. Insisto en que estas y otras razones interactúan en cada persona de manera particular, y en que en cada colectivo o movimiento popular y social adquieren una forma adecuada a los problemas que ahí se padecen, resultado de todo ello que sus manifestaciones últimas son diferentes en cada caso pero que, sin embargo, las tres razones y otras más permanecen activas en el fondo común a todas ellas. Como síntesis resulta en términos generales una mezcla de miedo y de falsa coherencia que justifica el voto al PNV-EA en la conciencia personal.

      Por diversas razones sintéticas que debemos investigar más en detalle, precisamente porque se presentan con formas específicas en cada caso particular, tenemos que admitir la posibilidad de que parte de esa fuga electoral sea directamente debida al miedo a perder determinado estatus de tranquilidad personal alcanzando o previsible de alcanzar si el proceso iniciado en Lizarra-Garazi seguía para adelante. Es una experiencia común ya estudiada autocríticamente por los movimientos revolucionarios desde mediados del siglo XIX, por no decir antes, y desde luego de manera más sistemática desde finales de ese siglo, el que tanto en los sindicatos como en los partidos, y también en los movimientos sociales y populares, en estas formas autoorganizativas, tarde o temprano tienden a aparecer y desarrollarse inercias burocráticas primero y después, o simultáneamente, inercias conformistas, apaciguadoras y adaptacionistas. La experiencia de más de 170 años de lucha de clases moderna en Europa confirma esta tendencia. Pero también la confirma la experiencia en las luchas de liberación nacional, y si no, como ejemplo incuestionable, tenemos la triste historia del PNV con sus sucesivas claudicaciones ante el ocupante por razones de egoísmo de clase sacrificando sin piedad los supuestos principios sabinianos. Otro ejemplo también muy reciente es la extrema facilidad con la que los Estados han desvirtuado y absorbido a las ONGs que aparecían hace unos años, al decir de los demagogos reformistas, como la alternativa a la acción militante revolucionaria. No debemos ser tan ilusos como para creer que en la izquierda abertzale no iba a materializarse esa tendencia.

      La pregunta que debemos hacernos al respecto no es otra que ¿qué hemos hecho nosotros para prevenir este riesgo? Pero esta pregunta sólo es necesaria si previamente teníamos conciencia de esa experiencia histórica, es decir, si conocíamos la existencia del peligro. Es mi interpretación personal que solamente partes muy reducidas de la izquierda abertzale eran y son conscientes de ese riesgo real. La tendencia práctica a crear grandes colectivos con fuertes lazos y dependencias socioeconómicas con la sociedad burguesa real, práctica, existente objetivamente al margen de nuestra voluntad, esta tendencia que ya se desarrolló en el movimiento político, sindical, cultural, etc., revolucionario y nacionalista en Europa desde finales del siglo XIX, también empezó a desarrollarse en la izquierda abertzale. Mientras que la experiencia popular vasca había surgido y mantenido una forma totalmente diferente, como son los colectivos de base interrelacionados en formas de red horizontal y asamblearia, la práctica posterior y bastante reciente es justo la contraria. Peor aún, esta tendencia ha crecido tanto al amparo del debilitamiento de la crítica práctica al capitalismo y al regionalismo, como al debilitamiento simultáneo del concepto de "lucha de liberación nacional". Ambos factores han mermado el contenido socialista de nuestro proyecto de construcción nacional, presentando una imagen oficial que está desorientando incluso a sectores sólidos de nuestras bases. La apuesta por montar un gran complejo mediático se inscribe, a mi entender, en esta tendencia reciente con el doble agravante de la ingenuidad política ante el PNV y de la ingenuidad ignorante ante la industria político-mediática transnacional.

      He citado este caso como ejemplo de nuestras limitaciones a la hora no sólo de prevenir el peligro objetivo de burocratismo acomodaticio, sino también las inevitables limitaciones en la efectividad concienciadora de esos instrumentos. No se puede separar la efectividad concienciadora de la estructura que produce la información diseñada. Más aún, si contextualizamos esta dinámica y sus efectos en los duros años recientes, comprendemos que desde la izquierda abertzale hemos tenido débiles instrumentos concienciadores primero para nuestro interior, después para los sectores que andaban fluctuantes alrededor de Lizarra-Garazi y, por último, para el conjunto de la sociedad. Ahora bien, no podemos separar estas limitaciones de los golpes represivos que nos han asestado, ni tampoco de los tremendos esfuerzos que hemos realizado y de los enormes obstáculos que hemos superado. Desde esta perspectiva de analizar los errores propios, las limitaciones objetivas y los propios aciertos es como podemos evitar tanto el derrotismo pesimista como la huida hacia delante y la postura de la avestruz.

      Además, la contraofensiva española ha atacado por flancos especialmente sensibles para la identidad euskaldun y decisivos para reactivar la identidad española. Ha habido, hay y habrá una feroz y global confrontación de identidades nacionales y de referentes simbólicos e históricos. Para comprender la razón de este conflicto en ascenso hay que recurrir a la simultaneidad de los cuatro cambios en el capitalismo mundial antes citados --nueva fase histórica de acumulación, nueva fase de hegemonía en Europa, adaptación franco-española a esas novedades y cambios en Euskal Herria-- y, por dentro de esa simultaneidad, al imparable proceso de mercantilización de todas las cosas para paliar y revertir la tendencia a la caída de la tasa media de beneficio, es decir, confirmando otra vez a Marx, el capitalismo necesita introducir en la producción de valor incluso los complejos lingüístico-culturales más minoritarios y "primitivos", a la vez que crea mercancías nuevas multiplicando y ampliando lo que ya se daba en el siglo XIX, y también antes, en eso que ahora se denomina como "intangible", "inmaterial", "simbólico", etc., como si hubieran descubierto el Mediterráneo.

      La mercantilización de lo cultural y simbólico conlleva una complejización y ampliación aún mayor de la ley del valor-trabajo, asunto vital que no podemos explicar aquí en extensión sino sólo en las facetas que ahora mismo nos interesan como son: una, la tendencia imparable a la mundialización, concentración y centralización de las industrias capitalistas de producción "cultural", con sus repercusiones directas sobre los pueblos y sobre los mismos Estados, y otra, como respuesta de las burguesías de estos Estados a esas presiones, el endurecimiento del nacionalismo e imperialismo político-cultural de los Estados para garantizar sus mercados y áreas de producción "cultural" interna y, a la vez, para garantizar la competitividad externa de las mercancías culturales burguesas que se producen en su territorio estatal. De este modo, crece la fusión ya iniciada en el capitalismo renacentista entre política y cultura, economía y poder mediático, Estado opresor e intereses nacionales burgueses, etc., dando como resultado la aparición de la industria político-mediática y de la industria político-cultural, avanzando ambas, a su vez, en proceso de fusión o de creación de grupos integrados en los que lo político es inseparable de los intereses imperialistas de los Estado-cuna a los que pertenece la fracción burguesa propietaria de esos medios de producción industrial. Semejante evolución se acelera y amplía al industrializarse el ocio o mal llamado "tiempo libre" y al entrar en la producción de valor el creciente mercado deportivo, turístico, etc., e incluso conservacionista, con todas sus múltiples formas.

      La industrialización de lo cultural e intangible, o sea, su paso definitivo de la esfera de la circulación a la de la producción, amplía el papel del Estado dominante como protector e impulsor de los intereses de la fracción de clase burguesa que domina esa industria, y a través suyo del bloque de clases dominante. Pero también repercute en la forma y contenido del Estado dominante como espacio simbólico-material de la producción de valor cultural e intangible y de su realización, lo que supone que ese Estado ha de perfeccionar y adaptar sus sistemas de control y represión interna y muy especialmente sobre y contra las naciones oprimidas y ocupadas. La razón es tan simple como que el Estado debe garantizar a su burguesía no el beneficio suficiente o medio en la industria cultural sino, vitalmente, el máximo beneficio posible. Será la historia, presente y perspectivas de cada Estado, con sus correspondientes contradicciones internas y presiones externas, la que imponga las soluciones concretas a esos problemas. Ahora bien, existe un denominador común y es que, por un lado, todos los Estados que no oprimen a pueblos dentro de sus fronteras se preocupan más que antes por el futuro de sus respectivos complejos lingüístico-culturales ante la intromisión de la industria político-cultural/mediática yanki, anglosajona y euroccidental, por este orden, y, por otro lado, aún es más cierto que todos los Estados que ocupan y oprimen pueblos adaptan y reforman su dominación a las nuevas necesidades para asegurar la explotación simbólico-material de los pueblos que ocupan, o simplemente la endurecen con saña.

      Las diferentes opciones entre los Estados que ocupan y oprimen a otros pueblos vienen impuestas por sus respectivas historias, presentes y perspectivas y por el papel que en su interior juegan las clases dominantes de y en los pueblos ocupados. Aunque no podemos entrar ahora a un análisis detenido de las diferencias entre los estados español y francés al respecto, ni tampoco de sus respectivos gobiernos y menos aún de las relaciones de sus burguesías centrales con las de las naciones oprimidas, fundamentalmente con la vasca, sí está claro que ninguno de los dos está dispuesto, primero, a que su lengua y cultura pierda poder e implantación; segundo, a utilizar esa lengua y cultura como instrumentos de explotación interior y exterior, en sus Estados como en su imperialismo respectivo en América y África y que, tercero, aunque con diferencias comprensibles, los dos desarrollan sistemas represivos en los que la industria político-cultural/mediática tienen un papel destacado.

      Es cierto que en la izquierda abertzale existen estudios sobre las transformaciones en los sistemas represivos del Estado, sobre las relaciones entre el control social y el sistema represivo, el papel de la industria político-cultural/mediática, etc. pero han sido poco debatidos y divulgados para la gravedad del problema que, como he expuesto muy brevemente, responde a una interacción de fuerzas en las que las más profundas y estructurales son las que nacen de la propia esencia del capitalismo como modo de producción, y las más superficiales son las que corresponden a las decisiones puntuales y coyunturales que puedan tomar los diversos gobiernos que se suceden, existiendo entre ambos niveles una amplia gama de fuerzas que no puedo exponer aquí. Presionados por las urgencias y las necesidades imperiosas no sólo de responder a los ataques represivo sino también de y por mantener la iniciativa del proceso abierto en primavera-verano de 1998, hemos prestado poca atención al ataque español contra nuestra identidad y nuestra raíces profundas como pueblo, y hemos dejado que fuera el regionalismo y su cultura blanda y meliflua la que apareciera como el único exponente de la identidad euskaldun. He de reconocer también que dentro de la izquierda abertzale determinados colectivos autoorganizados han hecho esfuerzos meritorios por expandir una cultura nacional euskaldun progresista capaz de enfrentarse a las mentiras españolas y la superficialidad y desidia indiferente del PNV, pero estos esfuerzos tardan su tiempo en rendir frutos.

      Y una mención muy especial he de hacer aquí a los problemas de la juventud, acordándome de esos más de 60.000 electores nuevos, juventud que es un objetivo especial del sistema represivo español obsesionado por revertir el proceso ascendente de nacionalización vasca de la juventud de cuna no nativa ni aborigen vasca. ¿Por qué ahora el PPSOE insisten tanto en el orden educativo español-regionalista tan querido por el PNV-EA? ¿Por qué quiere españolizarlo definitivamente suprimiendo incluso su componente secundario y accesorio, el regionalista? En el combate decisivo por la identidad nacional será y es vital la opción que tome la parte de la juventud que ha nacido en ese algo más de 60% de la población del tercio vascongado de cuna emigrante, el 31,33% de la población, y de cuna marginal, el 28,87% de la población según el censo de 1991, el más completo hasta ahora. Ahora bien, aunque también en esta crucial faceta la izquierda abertzale ha estudiado al detalle tanto el orden educativo colonial, el orden mediático de ocupación y el sistema represivo global contra la juventud vasca, las deficiencias del sindicalismo abertzale cara a la juventud, el problema de las nuevas drogas, el problema de las nuevas relaciones y pautas sexo-afectivas, etc., aunque es así, todavía nos faltan muchas cosas y, sobre todo en el tema que ahora tratamos, nos falta engarzar esos avances en la movilización electoral.

      Pues bien, y teniendo que dejar en el tintero bastantes más cosas, hay que intentar ahora hacer una síntesis de estos y otros factores para comprender cómo aunque cada uno de ellos afectan a determinado número de personas y a colectivos o grupos concretos, sin embargo, forman una unidad que, por un lado, ha dejado de votar a la izquierda abertzale y ha votado al PNV y, por otro lado, como es el abstencionismo movilizado, no nos ha votado a nosotros ni por primera vez --¿cuánt@s de es@s miles de jóvenes simpatizan con nosotros pero no nos han votado?-- y han preferido otro voto, aunque estén de acuerdo con reivindicaciones democráticas básicas y con la identidad vasca. A la espera, como repito, de un estudio más detenido, tenemos que preguntarnos por la cantidad de votos perdido de ese bloque de algo más de 20.000 que directa o indirectamente tienen alguna dependencia material o simbólica con profesiones y puestos de trabajo que correrían peligro si ganase el PP, o que, sin correr directo peligro sí verían mermadas sus condiciones económicas y su relativa estabilidad personal, familiar, afectiva y psicológica. Quiero insistir en que no hablo sólo de la exclusiva dependencia salarial, sino también de la preocupación cultural y euskaldun, de la preocupación afectiva y emocional por el futuro de l@s prisioner@s y por la multiplicación de los sacrificios de sus familiares y amig@s, por ejemplo. No tenemos que ser tan dogmáticos y obtusos como para despreciar estas interrogantes porque, de hecho, es una preocupación que ya estaba latente o notoria en las primeras utopías de las masas oprimidas de hace varios miles de años.


      4.- EL MIEDO ¿MITO O REALIDAD?

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